Era de mañana y amanecía fresco, comenzaba el día y todo estaba en su lugar: los recuerdos atrás, el porvenir por delante.

El día traía los acontecimientos, había que tomar decisiones, participar, opinar y también ir creando ambiente. Al avanzar el día las cosas se complican, se empieza a mentir, a ofender, a ocultar, los caminos contrarios se entrecruzan, algunas redenciones por ahí y cosas buenas que celebrar.

Ya por la tarde las cosas iban prosperando y las amistades acercándose para después del arduo día de trabajo ir por ahí a celebrar, se van olvidando las penas, de pronto el movimiento contrario inicia el descenso anímico, aparece el recuerdo de la enfermedad, de la inminente levedad del ser y la angustia de la condenación.

Acude con su médico quien era el único que lo podía aliviar,

-Dígame doctor si moriré hoy por la noche para buscar a un sacerdote y confesarme y si no para regresar a mi casa a dormir tranquilo y comenzar mañana de nuevo.

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